Era el sitio preferido de Peter, donde su imaginación no tenía límite y la clarividencia abría su mente: desde la playa se preguntaba donde le llevaría el destino, su próximo viaje. Respirando la paz de su hogar, de su isla, vislumbraba un nuevo paraíso donde contemplar parajes únicos y hacer nuevos amigos. Le habían contado tanto sobre aquel lugar que aprovechó una noche de lluvia de estrellas para viajar fugazmente… Quiso imaginar que lo mejor sería el “surfing”; se veía a sí mismo conduciendo una “furgo” a la caza del “spot” perfecto. Fantaseaba con la posibilidad de estar solo en “el pico” disfrutando de la grandeza del océano, convertido en un privilegiado sin presión alguna para escoger la mejor ola. Naturalmente, a Peter no le apetecía vivir su experiencia desde la soledad más absoluta; le habían hablado de la existencia de un criatura maravillosa que surcaba las aguas índicas, una especie en vías de expansión dado su afable carácter: un tiburón que se dedicaba a salvar a submarinistas despistados que no tenían ningún miedo de las corrientes marinas pero sí de su amable salvador. Peter quiso imaginar que el escualo le haría compañía en sus mejores “baños”.

También sabía que encontraría otro interesante animal nada más poner un pie en tierras del afamado canguro por excelencia. Y no me estoy refiriendo a la archiconocida popularidad del gracioso y saltarín marsupial que lleva metido a su retoño en el bolsillo, al que Peter, en todo caso, tampoco encontraría en su hábitat natural, sino que tendría que ir a buscarlo a un gimnasio donde estaría entrenándose para su próximo combate. Porque su nuevo amigo seria un boxeador profesional capaz de desafiar al mismísimo Mike Tyson, que gracias a su ascendiente carrera se habría convertido en todo una celebridad desafiando la idea preconcebida que medio mundo tiene de su insigne docilidad. Peter quiso imaginar que el bravo canguro le haría compañía en sus grandes expediciones.

No obstante, su búsqueda no finalizaría hasta encontrar un firme aliado desde el cielo, pues mucho le habían hablado de aquella majestuosa criatura, perfecta, casi divina, alzándose tal ave fénix con sus vivos colores al viento que el muchacho podría admirar desde tierra, mar y aire. Pues cuentan todos los mitos y leyendas que solo los puros de espíritu tienen el privilegio de ver a la esplendorosa ave. Peter quiso imaginar que aquel pájaro le haría compañía siempre.

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Un gran viaje, dada su inspiración y clarividencia bajo el cielo estelar; pero mientras Peter imaginaba lo que aquellas venerables criaturas podrían hacer por él, al otro lado del océano, alguna de ellas se preguntaba que podría hacer Peter por las mismas. Cuestión que resonó, tal mandato, en los oídos de nuestro amigo que ya anda camino de Australia dispuesto a poner a prueba su grandeza una vez más.